ANGUSTIA EN EL NIÑO
La angustia es una realidad terrible. Es quizá el mayor sufrimiento humano; por eso se la utiliza en la tortura. Cuando una persona experimenta angustia, su espíritu se vuelve confuso y “pierde el norte”. Entonces es capaz de revelar secretos.
Esta angustia se manifiesta, en primer lugar, mediante una agitación interior que tiene su origen en la región del plexo solar, lugar de las emociones, y se extiende a través de todo el cuerpo. La persona se siente mal en su piel. Se encuentra confusa, incapaz de razonar o de prever. Esta agitación destruye su ciclo digestivo y perturba su sueño. Come y duerme demasiado, o nada.
Este estado de angustia es tan terrible que no puede permanecerse en él por mucho tiempo.
El niño se ve obligado a protegerse. Construye muros para evitar este sufrimiento. Se aleja entonces de su propio corazón y de sus sentimientos. Se encierra, a veces profundamente, en sus sueños; se refugia tras ellos; surge entonces la psicosis. O bien las barreras son más ligeras, dando lugar ala inestabilidad, la depresión, la agitación y la agresividad.
Cuando se trata de adolescentes o de adultos, su defensa ante la angustia es otra: algunos se dejan llevar y huyen a través de una especie de hiperactividad, obsesionados por el deseo de triunfar, ganar, dominar y llevar a cabo proyectos. Otros buscan compensaciones en el alcohol, la droga, la relaciones sexuales, en una búsqueda desesperada de distracciones y de placer. Otros incluso caen en la depresión, la enfermedad mental o la delincuencia.
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